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93 Metros, una historia personal

Cuando esta productora era poco más que un sueño para el que buscábamos nombre,
tuve la desgracia de perder a una de las personas a las que más he querido y admirado
en mi vida. Se llamaba Juanita Arraiza y era mi abuela.

Se fue como deberían irse todos nuestros seres queridos, con 98 añazos bien vividos;
una tropa de hijos, nietos y biznietos cogiéndole la mano hasta el final; y con el
agradecimiento de todos los que tuvimos el privilegio de compartir su existencia.

Por eso su funeral fue, de alguna manera, una fiesta. La celebración de una vida volcada
en los demás, sencilla, honesta, alegre. Una vida por la que dar gracias. Yo lo hice de la
única manera que conozco: contando una historia, “93 metros”.

93 metros es la distancia que hay entre la que fue su casa y el banco de la iglesia donde
ella rezaba. 93 metros fue el pedazo de mundo que ella habitó. Rara vez salió de allí. No
le hizo falta ir más lejos para encontrar su verdad, su paz, para sembrar vida.

Recuerdo volver a ella cada vez que regresaba de otros continentes y de otras
realidades, de haber escudriñado sin mucho éxito en el viaje, en la distancia, en las
extremidades de la vida, en la locura de la guerra, un pedacito de esa verdad mayúscula
en la que mi abuela habitaba sin tener siquiera que salir de casa. Recuerdo en su sonrisa
callada el calor de una certeza humilde, sencilla, que ponía en evidencia lo vano de
mi intento y su grandeza. Porque en un mundo que busca el conocimiento y que se
conforma la mayor parte de las veces con la información, mi abuela había amasado con
paciencia algo mucho más radical, más profundo: una sabiduría de siglos. En 93 metros.

Escribiendo aquel texto pensé que nosotros, que contamos historias muchas veces
exóticas, épicas, historias de las llamadas “grandes”, nosotros que nos zambullimos en
cada nueva tecnología, no deberíamos olvidar nunca que a veces la historia más grande
está en lugar más sencillo, en el más pequeño. Que en realidad no existen historias
pequeñas, sólo ojos pequeños que no aciertan a ver su grandeza. Pensé que a mi abuela
le habían sobrado 93 metros para escribir la historia más grande de todas.

Mis ojos han sido diminutos durante mucho tiempo, pero afortunadamente he tenido la
suerte de contar con compañeros, amigos, que me los han abierto. El espíritu de esos
93 metros ya habitaba en ellos antes de que yo acertara a ponerle nombre. Simplemente
fueron increíblemente generosos al reconocerse en él y regalarme así las posibilidad de
honrar a mi abuela.

Con ellos me embarco ahora en esta aventura de contar la vida. Allá donde esté. En
Afganistán o a la vuelta de la esquina. Intentado rescatar su verdad más profunda. Con
toda su intensidad, de cerca, donde la vida salpique. A la búsqueda siempre de esos 93
metros.

David Beriain.

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Comentarios

  1. Alberto Ara dice:

    Cuando oí hablar de 93metros, no podía menos que preguntarme el porqué de ese curioso nombre… Nunca pensé que contar cómo has puesto nombre a tu empresa pudiera ser tan emotivo y a la vez explicara tan bien los principios de la misma.
    Orgulloso de poder disfrutar de periodistas como tú. Suerte en este empeño David ¡

  2. sofia dice:

    cuando he visto este enlace en el Facebook me ha dado curiosidad seguir leyendo y me encuentro con una de las historias mas bonitas que me podían contar. gracias por compartirla